En un momento de enajenación, y tras ver su honor manzanillado, el infusionista lanzó té hirviendo sobre sus enemigos, llegados en olor de multitudes. En concreto, un olor a manzanilla que ni siquiera el intenso aroma a té conseguía camuflar. Trató entonces de hacer un pacto con el diablo para recuperar su antiguo olor, pero como el diablo sabe más por viejo que por diablo, lo engaño y le condenó a buscar la infusión perfecta. Desde aquel, el infusionista vaga maldito sin que le dejen entrar en ninguna herboristería.
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