martes, 1 de junio de 2010

La verdadera y desconocida historia de los perros de Pavlov

Hartos de pasar hambre, de esperar encerrados a una comida que se anunciaba pero nunca llegada, de que jugaran con sus sentimientos y con sus jugos gástricos, de ver cómo sus hijos no tenían qué llevarse a la boca, de las promesas incumplidas, de la absurda cánula que les colgaba de la mandíbula y, sobre todo, de aquel timbre que anunciaba comida cuando en realidad no la había, los perros de Pavlov (Ива́н Петро́вич Па́влов, en ruso) devoraron al ayudante de Ivan Pavolv.
Los perros de Pavolv y el propio ayudante contribuyeron así a la ciencia y a la gastronomía de un modo que jamás se les ha reconocido, puesto que el ayudante no sólo descubrió en sus propias carnes el reflejo incondicionado, sino la mayor aportación eslava a la cocina occidental: el filete ruso, pocos años después rebautizado como filete soviético y, en Hamburgo, como hamburguesa, lo que hizo proserar esta denominación cuando a finales de los años treinta Alemania comenzo a expandirse algo más de lo que suele ser habitual.
En cualquier caso, el mérito de esta aportación culinaria, la más importante el experimento -al fin y al cabo, casi nadie ha oído hablar del reflejo condicionado, mientras que todo el mundo ha comido filetes rusos- les corresponde fundamentalmente a los cánidos que, como siempre ocurre con los adelantados a su tiempo, no vieron reconocida su labor y terminaron sus días disecados en el Museo Pavolv. El resto es historia
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